El recuerdo de la dehesa de Jaraíz


Un paseo por la Dehesa Boyal de Jaraíz es, a cualquier edad y en cualquiera de las estaciones del año, una fuente de placeres y reflexiones difíciles de olvidar. Las fotos que conservo de una de esas visitas me recuerdan que estuve allí el día 1 de mayo de 2016. 


Era un día hermoso de primavera. La mañana estaba fresca a pesar de ser soleada. La Sierra de Gredos lucía los restos de una nevada no muy lejana. Por desgracia, las nieves ya no son eternas en las cumbres, como debían serlo cuando Miguel de Unamuno viajaba desde Salamanca a Madrid, y lo hacía vía Plasencia y Navalmoral  por ver las nieves perpetuas en las sierras majestuosas de Gredos. La montaña, al fondo del paisaje, como una imagen de nuestro ser en un espejo, nunca está igual. Su presencia cambia según las estaciones, los días y las noches, o de un minuto al siguiente. Lo mismo de cambiantes que la montaña son las encinas y los alcornoques. O las jaras y los cantuesos. Los verdes y morados dibujan en el suelo el zigzag de los caminos desde nuestros pies hacia el infinito.


Los caminos, tan obedientes siempre a los caprichos de la naturaleza, juegan a entretenernos. Lo hacen para que no pasemos de largo ante un charco con renacuajos que hay en su orilla derecha, o una mata de juncos que se cimbrean con elegancia junto a una piedra entre flores amarillas. Por esas sutilezas el camino es imagen de la vida de las personas. Así nos lo dejo escrito el sabio Antonio Machado: Yo voy soñando caminos de la tarde. ¡Las colinas doradas, los verdes pinos, las polvorientas encinas!... ¿Adónde el camino irá?


De todo el paisaje llaman la atención los árboles. Y más en concreto, algunos alcornoques. En mayo, suelen mostrar algunas hojas en tonos dorados; visten sus atuendos de gala para celebrar la primavera. Hace algunos años, uno de esos alcornoques enormes cayó a tierra. Hay quienes lo atribuyen a enfermedades. Yo prefiero pensar que fue así porque ya era su momento de acabar su vida. Quiero creer que murió de viejo. En muchas de sus ramas tenía aún el corcho de la primera vez. Conozco a una persona que guarda dos trozos hermosos de corcho de las ramas de aquel alcornoque. Seguro que son buenos recuerdos de un árbol y de la dehesa.


Y están los pájaros: en cualquier época del año es fácil verlos y escucharlos. Algunos puede que nos miren desde la atalaya de un piedra o las ramas de un árbol. No se olvida la mirada musical de un pájaro. Mientras nos observan, sus ojos parecen cantarnos una pregunta, pero ¿qué es lo que nos preguntan?, ¿alguien lo sabe? ¡Hay que ver lo que saben los pájaros!



¡Qué decir de la hermosura de las lagunas! Esos espejos donde se contemplan los riscos de la sierra, unas veces coquetos y otras airados. Esta vez, y puede que siempre, nos faltan las palabras para hablar de la belleza de los paisajes que gozan la presencia del agua, pero en fin, ahí queda la expresión inolvidable de algún poeta: “sabemos que un paisaje es bello porque el agua lo dice.”