Grullas y criterios

De las mil y una maravillas que nos regalan el otoño y La Vera hay una que se nos queda a las puertas: la presencia de las grullas. El lugar más próximo para disfrutar de la elegancia y majestuosidad de estos seres lo tenemos en los aledaños del pantano de Rosarito, esa puerta de agua que da a Castilla y que tanto nutre las raíces veratas. 

Estos animales que vuelan hasta nosotros desde Polonia, Suecia y Noruega, no son viajeros de fin de semana ni caballeros románticos que buscan tranquilidad espiritual en el retiro de algún monasterio. Las grullas llegan aquí tras un viaje de tres o cuatro mil kilómetros y se quedan entre nosotros el otoño y el invierno; es decir, la mitad de su vida. Por tanto, no se trata de que seamos hospitalarios en el sentido de dar buena acogida al extranjero, no; nuestro espacio es también suyo. 

Como somos buenos vecinos y nos gusta observar, sabemos que su estancia aquí es una oportunidad ideal para aprender de su capacidad de adaptación, de su elegancia, de su iniciativa para viajar, de su sabiduría para organizarse. No en vano, desde muy antiguo, la grulla está presente en las manifestaciones religiosas y en muchas creaciones artísticas. Para los griegos, era el pájaro del dios Apolo; sus danzas y gritos de cortejo invitaban a celebrar la vida. En algunas culturas, son símbolo de paz y de esperanza.

Viendo a las grullas en nuestros paisajes, es inevitable una reflexión sobre la Naturaleza, porque esa forma de naturaleza que es la dehesa tiene una voz especial que susurra y seduce invitando a compartir. Vendría bien que esa ley del compartir otoñal de la dehesa se convirtiera en criterio de actuación de quienes nos gobiernan, porque en estos tiempos que nos ahogan --tan indignos--, hace falta al menos un criterio, aunque sea ese, tan cristiano y tan comunista, que consiste en compartir.