La voz de las fuentes: Jaraíz

Las piedras y las fuentes guardan secretos. ¡Ay si las piedras hablaran!, solemos decir. Con eso nos referimos a que guardan hechos escabrosos e inconfesables, de modo que las palabras de las piedras, si hablaran, mostrarían lobos con piel de cordero. No es ese el caso de las palabras que nacen de las fuentes.


El viajero se detiene delante de la fuente de la carretera de Pasarón. Un solo caño; una sola voz que siente en su alma como un sonido firme y sereno: la voz de un dios capaz de crear mundos de la nada. Se lava las manos, bebe y sigue camino abajo por la Avenida de la Montaña. La voz de la fuente se había metido en su conciencia, le habla y le recuerda momentos en los que tomó decisiones importantes sin perder la calma.


Baja los veinte escalones de la Calle Fe y camina hasta la Calle Fuente. Se para. No puede pasar de largo ante tanta belleza: del pilón rebosante de agua se yergue una columna de piedra que sostiene una esfera achatada, también de piedra, de donde salen seis caños en forma de cabeza de perro u animal mitológico. Un sistema de llaves regula los caudales. Cada caño vierte una cantidad distinta de agua; desde el chorro contundente de uno de ellos hasta el gota a gota del más exiguo. Esa diversidad de caudales enriquece los ritmos del sonido y crea una armonía natural en las voces que el agua ofrece en esta fuente. La vista del viajero se detiene, sin tiempo, en la contemplación de la mañana al trasluz del agua. ”Es hermosa el agua — piensa—, igual que el sexo; no en vano son fuentes de vida”. Le cuesta irse de ese sitio donde el agua mide el paso del tiempo, donde una sola fuente aplica distintas medidas al mismo tiempo, al mismo momento de una mañana luminosa de verano.


No lejos de ahí, en la misma Calle Fuente, el caminante observa dos maneras hermosas de brotar el agua de la tierra. Contempla cómo salta de la superficie del suelo para derramarse luego en pequeñas cascadas, como esos sentimientos impulsivos que saltan del corazón humano de manera contagiosa. Piensa esas cosas mientras desciende unos escalones para llegar a una fuente de cuatro caños. Hay algo de sobrecogedor en ese acto de adentrarse en el suelo para estar cerca de los manantiales. Apenas hay distancia entre los caños y la pila. Los chorros son cortos, pero muy abundantes. Son cuatro voces graves que vibran bajo los pies, acompasan el ritmo de la respiración y aceleran los pensamientos: hubo tiempos en los que no había agua dentro de las casas. Ahora, en cambio, sale agua caliente en las cocinas y los baños de cada casa: un milagro.

Hay otras fuentes en Jaraíz, todas aportan vida y belleza al paisaje urbano. Todas provocan sentimientos y recuerdos. El caminante las recorre todas y guarda en su memoria las palabras que mana su alma como mana el agua en ellas.







Especial recuerdo le queda de la última que visita. Esa que hay saliendo hacia Plasencia. Entre palmeras y rodeada de bancos, recuerda un oasis. Su piedra oxidada le da un aire de inmortalidad. Su sencillez en las formas y la humildad con que brota el agua hacen pensar en la fuerza y eternidad de unos versos: a veces sabemos que un paisaje es bello porque el agua lo dice.