Nochebuena
Ignacio del Dedo
El gran árbol le da su fruto al que el nombre del fruto diga
(Agustín García Calvo)
Los ojos ven siempre la ventana por dentro a pesar de que la mirada se extiende por toda la plaza y los edificios que la cercan: a la izquierda, la iglesia; a continuación, el hotel; al frente, la casa consistorial con su iluminación, sus balconadas y sus placas conmemorativas; luego, la boca de una calle comercial; y yendo a la derecha, palacetes con fachadas de azulejos (azules, claro), tiendas, bares y, bajando más hacia la esquina, quizás otra iglesia, un museo o un edificio gubernamental.
Si la ventana está abierta, la brisa dibuja recuerdos en las ondas de los visillos. Por ejemplo: El hombre del quiosco regaló una flauta y un cuaderno de música a una niña. Un grupo de párvulos plantaron un abeto en el rincón de la plaza donde el agua de la fuente canta canciones de frescor: Celebraban EL DÍA DE LA PAZ. Hace mucho tiempo. El árbol ya es enorme: el más grande. Esos son buenos recuerdos.
Otras veces, al cerrarse una tarde de otoño, las gotas de lluvia resbalan por los cristales como lágrimas sin límite ni consuelo. Luego la noche acarrea pesadillas donde siempre hay personas muertas con violencia: guerras, accidentes, celos... Heridas dolorosas que espantan los sueños hasta otro amanecer.
Pero hay también mañanas de primavera, luminosas como cerezos en flor; y días de verano muy largos. Es en esos días armoniosos y fecundos como una colmena cuando las manos dibujan la música una hoja tras otra hasta llenar páginas y más páginas; tantas como acaso hacen falta para un mundo en paz.
Es noche de reunión en la plaza, aunque nieva: allí se van quedando las personas que salen de la iglesia o del hotel, las que bajan de sus hogares, las que vienen de las calles cercanas y las que han salido del ayuntamiento… hasta que la plaza se llena de gente.
Entre el murmullo sobresale una voz:
— ¡Falta alguien! Mirad la ventana de la luz.
— ¿Te ayudamos a bajar? —Pregunta una mujer.
Al instante se oye la respuesta desde arriba:
— Sí. Por favor.
Unos jóvenes colocan una estrella luminosa sobre el árbol y despliegan desde un balcón una banda que dice Puer natus est nobis[1]. Entre tanto, han bajado a la mujer que miraba desde la ventana. La traen en una silla de ruedas. La saludan. Hay besos, caricias y palabras de feliz nochebuena. Ella lo agradece regalando sus páginas de música. Cuando todo el mundo tiene partitura, en la quietud de la noche nevada, empieza la canción:
Árbol silencioso y fiel.
Árbol de luz.
Árbol de paz.
Árbol fuerte y grande como un Sol.
Otro día, otra mañana, los ojos miran sonrientes a la plaza: Los edificios, cada rincón; y el árbol, sobre todo el gran árbol.
[1] Un niño nos ha nacido