Recuerdos
(Este Texto fue leido en el teatro de Jaraíz de la Vera el día 10 de marzo de 2012 con motivo del día de la mujer)
Me acuerdo de un mujer que contó una historia cada noche durante mil y una noches.
Recuerdo sus palabras firmes como un río de fuego. Su voz suave como un bálsamo.
Ella, Sherezade, supo convertir el mar de venganzas que era mi alma en un océano de palabras amables.
Gracias, Sherezade.
Me acuerdo de Penélope; aquella mujer que quiso esperarme durante veinte años. Tejiendo de día... destejiendo de noche. Fue capaz de esperar a Ulises, el más cruel de los machos.
¡Cómo íbamos a consentir que un extranjero le robase la mujer a uno de los nuestros? De ninguna manera... Ni siquiera tratándose de la más hermosa de todas las mujeres de todos los tiempos. Por Helena hicimos la guerra. Por una mujer arrasamos Troya. Y yo, Ulises, me comporté como el más salvaje de los animales en guerra...
No sé si debo contarlo; aunque ya lo escribió hace dos mil ochocientos años un tal Homero.
Yo fui quien ordenó arrojar a un niño desde las murallas... Y lo peor de todo: yo mismo le pedí al mensajero que obligara a la madre a ahogar su dolor con el silencio so pena de privarla del cuerpo del muchacho muerto.
Qué desgracia ser un guerrero.
A pesar de mi crueldad, Penélope me esperaba. Esperó mi regreso sin perder la esperanza. Soportó lo que ni siquiera mi madre ya anciana pudo soportar.
Gracias, Penélope.
No puedo olvidar a una mujer escritora que le dijo una vez a su rey:
“Majestad: Hay que decir lo que hay que decir pronto, de pronto,
visceral
del tronco;
con las menos palabras posibles
que sean posibles los imposibles.
Hay que hablar poco y decir mucho
hay que hacer mucho
y que nos parezca poco:
Arrancar el gatillo a las armas, por ejemplo.”
Gracias, Gloria Fuertes
Me acuerdo de una mujer que supo conocer como nadie lo ha hecho mi corazón de hombre y escribió este poema: El hombre sombrío
“Altivo ése que pasa, miradlo al hombre mío.
En sus manos se advierten orígenes preclaros.
No le miréis la boca porque podéis quemaros,
no le miréis los ojos, pues moriréis de frío.
Cuando va por los llanos tiembla el cauce del río,
las sombras de los bosques se convierten en claros,
y al cruzarlos, soberbio, jugueteando a disparos,
las fieras se acurrucan bajo su aire sombrío.
Ama a muchas mujeres, no domina su suerte,
en una primavera lo alcanzará la muerte
coronado de pámpanos, entre vinos y fruta.
Mas mi mano de amiga, que destrona sus galas,
donde aceros tenía le mueve un brote de alas
y llora como el niño que ha extraviado la ruta.”
Gracias, Alfonsina Storni.
Recuerdo a mujeres a quienes echaron de su trabajo porque estaban esperando ser madres.
Recuerdo a una mujer que una vez me respondió a una pregunta:
¿Dónde empieza el camino, madre?
¡Hijo del alma!, respondió.
El camino nace
donde late tu nombre.
Y tu nombre suena entre llamas
dentro del pensamiento,
en silencio.
Descubre el camino
hacia tu pueblo
Luego, los ojos
se encuentran;
las miradas
se entrelazan
la lengua vibra y
desvela los recuerdos:
vamos, levanta -dice-; sal y colócate ya donde empieza el camino. Mira bien y encuentra el tuyo entre todos los caminos de tu pueblo.
Gracias, mujer.
Recuerdo a una mujer que me descubrió con mucho humor que:
“La imaginación es la loca de la casa”
Gracias, Teresa.
Me acuerdo de una mujer a la que oí gritar bien alto:
“Más vale morir de pie que vivir de rodillas”
Gracias, Dolores.
Y me acuerdo, entre todas las mujeres, de una madre que amamantaba a su bebé y cuando terminó de darle la teta le cantó una nana:
Duérmete, niño... Mi pequeño... Mi cielo...
Y me acuerdo de estas mujeres y de muchas más; porque gracias a ellas la vida no solo es soportable, sino que se merece ser vivida con alegría.
Mujeres, muchas gracias.
Gracias,
gracias
y gracias.
ignacio del dedo